Mi intención era subir esta entrada antes del 31 de octubre, pero no me dio el tiempo y como se dice por ahí, mejor tarde que nunca.
Este relato, al que daré paso a continuación, lo creé en 2010. Quería escribir algo sobre una bruja y se me había ocurrido hasta el título, pero la inspiración me llegó un día mientras dormía. Soñé la historia completa y cuando desperté, comencé de inmediato a plasmarla en papel. Al concluir reparé en una detalle que no me había dado cuenta antes, encontré su final similar al cuento "El Príncipe Feliz" de Oscar Wilde, que es mi escritor favorito, así que lo dejé tal cual, como para homenajearlo; ya que, como dije, era similar no igual.
Aquí va mi cuento, espero sea de su agrado, se llama "La Bruja que no Podía Reír".
La Bruja Que No Podía Reír
En
una pequeña localidad de Chiloé, en un cerro que se encontraba un poco más
elevado que el resto del pueblo, vivía una mujer mayor a la que se le conocía
como “La Bruja que no Podía Reír”. La
gente rumoreaba que, al parecer, era incapaz de demostrar afecto por otras
personas, ya que nunca se le veía esbozar ni una sonrisa siquiera. Por todas partes se comentaba lo amargada y
antipática que era.
Cuando
las mujeres se la topaban en la calle, cruzaban hacia el otro lado para no
tener que saludarla o escondían a sus hijos tras las polleras, “no fuese a ser
cosa que les echase algún mal de ojo”.
Los hombres la ignoraban y los niños más grandes y molestosos subían hasta
la vieja vivienda, para lanzarles piedras a sus ventanas o le inventaban
canciones como “La Bruja Amarga-Amargada” o “La Bruja sin Risa, que no tiene Dientes”, lo que era factible debido a su avanzada edad.
Parecía
que nadie la estimaba, la única persona con la que mantenía algún tipo de
trato, era con don Manuel, el dueño del único almacén del lugar, un señor tan
viejo como ella. Se conocían hacía
muchísimos años, incluso el almacenero había conocido a su difunto marido,
fallecido hacía ya 50 años.
Don
Manuel poseía un corazón de oro y cada vez que alguien hablaba mal de la mujer,
él salía en su defensa y se explayaba contando que ella no siempre había sido
así de apática; cuando su esposo estaba vivo era una mujer llena de vida. Su marido había sido un esforzado trabajador
del mar y su única familia. Pero luego
sobrevino la catástrofe: el terremoto y posterior maremoto de 1960, que le
arrebató la vida del hombre amado, cuando ella era aún demasiado joven,
llevándose de paso su juventud y su alegría de vivir. Desde aquel momento jamás volvió a reír ni a
sonreír. Y se alejó lo más que pudo del
mar, ese mar que le había arrebatado su felicidad, trasladándose al lugar más
empinado que tuvo a la mano.
Sin
embargo, a la gente no se le ablandaba el corazón con esta historia. Poco les importaban hechos acontecidos en una
fecha tan lejana y tendían a mezclar todo con la rica mitología local, llena de
seres fantásticos y brujos. A don Manuel
esta falta de interés y de respeto, lo enojaba sobremanera y no entendía como
la gente podía seguir siendo tan supersticiosa en los tiempos que transcurrían.
La
bruja, que en realidad se llamaba Amelia, tenía en la cima de su loma una
pequeña y pintoresca casita revestida por el frente con tejuelas de alerce; lo
que era una mera fachada, debido a que la vetusta construcción sólo se mantenía en pie, sostenida en la parte
trasera, por unos enormes y añosos cipreses de las guaitecas, que la
sobrepasaban y les servían de pilares a su vieja casa. Sobre el techo había crecido abundante musgo,
que se asemejaba a un grueso colchón verde.
El antejardín, que era toda la base delantera de su colina (ya que se
trataba de un cerro pequeño), estaba cercado por una rústica reja de palos. En él había plantado variedad de papas,
frutos del bosque, verduras que se dieran bien en aquel clima y una gran
diversidad de plantas medicinales, cuyos conocimientos había heredado de sus antepasados machis. Todo esto le servía de sustento cuando venía el
invierno, ya que a su edad sufría de múltiples achaques y, a veces, le era
imposible levantarse para ir a comprar durante aquella estación.
Un
día los traviesos niños del pueblo encontraron un sucio y enfermo gato y no
encontraron nada mejor que tirarlo dentro de la propiedad de la anciana. Pensaban que ésta saldría persiguiéndolos con
la escoba, en cámara lenta, como siempre.
Pero a la mujer le aquejaba una dolencia aquel día y se encontraba en
cama descansando.
Era
un frío día de otoño, el viento soplaba fuerte y arremolinaba las hojas y pinochas caídas
de los árboles y el pobre gato tiritaba de frío debido a los pelones que tenía
producto de su enfermedad. Comenzó a maullar tenuemente, ya que también estaba
famélico, pero el silbido del viento ahogaba sus quejidos. De repente, en un intento desesperado por ser
socorrido, comenzó a maullar como condenado.
Los agudos chillidos que iban en ascenso, terminaron por despertar y
alertar a la anciana, quién se asomó a mirar qué era lo que ocurría.
La
escena del minino acurrucado bajo un arbusto de su jardín, no la dejó
indiferente. Se devolvió por un chal y
envolvió al gato en él. Luego entró a su
casa diciéndole:
– ¡Gente malvada! Mira
que venir a botarte aquí para que te murieras, seguro que pensaron que no te
acogería en mi casa… sé de unas medicinas naturales para tu mal, en unos días
estarás bien y podrás volver a tu vida errante otra vez. Mientras las preparo, te voy a dar algo para
comer.
El gato fue embetunado
con una pomada casera día tras día y, al cabo de unos cuantos, comenzaron a
asomar los primeros pelos azabaches nuevos, en el lugar donde antes habían
pelones. En un par de semanas el minino
estaba totalmente recuperado y lucía un radiante y espléndido pelaje negro y
muy animado saltaba y jugaba sin parar.
Amelia vio que ya era
hora de que el minino siguiera su camino.
– Bueno –
dijo la anciana, dejándolo a la entrada de la reja de palos. – Ya eres libre, puedes ir donde tú quieras.
Pero el gato se le
cruzó por entremedio de las piernas y con su, ahora, peluda cola pasó a rozar
la piel de la anciana, ahí donde la larga falda no la cubría. Esto le provocó muchas cosquillas y no pudo
evitar lanzar una enorme carcajada que retumbó en todo el pueblo. Amelia se agachó agarrando al gato con sus
huesudas manos y lo estrechó contra su pecho.
La cola de éste pasó a rozar ahora su cuello y ya no pudo parar de reír.
– ¡Ja
ja ja! ¡Décadas que no me reía!
– Y con cada caricia, la entonación de la
risa iba creciendo en volumen.
Abajo, en el poblado,
retumbaban como ecos y se oían como sonidos de ultratumba. Las madres horrorizadas entraban a sus hijos
y cerraban puertas y ventanas con doble tranca.
– Nada bueno se puede esperar de esto. – Decían – ¡Que
Dios nos ampare, la Bruja ha reído!
Y así cada día el
travieso minino divertía a Amelia haciéndola lanzar profundas carcajadas, que
eran recibidas con una señal de la cruz por los habitantes del pueblo.
El invierno estaba
próximo y los pronósticos preveían que se vendría crudo. Amelia pensó que sería bueno aperarse con
algunos víveres antes de que éste llegara.
Así que salió con “Cheshire”, que así llamó a su gato por el micifuz
sonriente que aparecía en el libro “Alicia en el País de las Maravillas” (siempre
fue una ávida lectora), camino al negocio de don Manuel.
La gente, al verla
pasar, la miraba espantada como si se tratara de una aparición. Pero hubo un
grupo que se envalentonó y dirigió sus pasos hacia ella, tal vez para arrojarle
cosas o gritarle improperios, nunca se supo, ya que en ese preciso instante,
Cheshire salió de la canasta donde se encontraba oculto y aquellas personas que
eran muy supersticiosas, palidecieron de inmediato. El grupo se dispersó, todos corriendo
torpemente hacia cualquier lado, mientras algunos decían:
– Lo ven…es una Bruja de verdad… ¡tiene un
gato negro!
Amelia acarició el
lomo de su gato en agradecimiento por haberla librado de algún mal rato y
apresuró el paso hacia el almacén, en la posibilidad que sus seniles piernas le
permitieron.
El invierno llegó y se
vino implacable. Aunque Chiloé es muy
lluvioso durante todo el año, este invierno en especial fue peor que años anteriores. Un temporal que más bien parecía diluvio
azotaba la zona, pero Amelia y Cheshire estaban bien guarecidos en su
hogar. Aunque el techo tenía algunas
goteras, se encontraban calientitos al lado de la cocina a leña.
Por la radio
informaron que si no cesaba el temporal, el pueblo pronto quedaría
incomunicado, ya que las vías terrestres estaban bastante deterioradas y
obviamente era imposible usar las marítimas.
Los pronósticos meteorológicos no eran muy alentadores.
Sin embargo, al día
siguiente, los locutores radiales se alegraban de que la tormenta hubiese
amainado y hacían bromas de los meteorólogos que nunca aciertan. Pero Amelia sabía que todo este remanso no
era más que momentáneo. El dolor en sus
articulaciones y las nubes negras en el cielo le anticipaban que otro temporal
se aproximaba y muy pronto. Rápidamente,
agarró a Cheshire y se fue en dirección del almacén de don Manuel, en esta
ocasión no para comprar, sino para ofrecer su ayuda. Ella sabía que con un nuevo frente de mal tiempo
quedarían definitivamente aislados y el almacén no tardaría en quedar
desabastecido por completo. Así que
ofreció a don Manuel aperar su negocio, gratuitamente, con frascos de mermelada
y conservas hechas con sus propias manos, frutos secos y carnes secas, también
vegetales provenientes de su huerto, además de galletas caseras y pan amasado.
Aunque la anciana prefería
que su noble gesto se mantuviera en reserva, don Manuel quería que todo el
mundo se enterara de lo buena gente que era doña Amelia, para que cambiaran de
una vez por todas esa mala impresión que tenían de ella. Así que salió emocionado, pregonando las
buenas intenciones de la mujer. Pero, a
diferencia de lo que él creía, la gente se encolerizó. Decían que, en primer lugar, el mal tiempo ya
se había ido y las autoridades ya venían con ayuda y víveres. Y, segundo, jamás comerían algo hecho por esa
Bruja, ya que seguro estaba envenenado o hechizado.
Amelia, que había
salido detrás de don Manuel con Cheshire en sus brazos, agachó la cabeza y se
fue caminando en silencio, pero las personas tuvieron el coraje de empujarla
para que apresurara su lento caminar, gritándole además ¡qué toda esta
calamidad era por culpa suya!
Este segundo frente de
mal tiempo que azotó a la isla fue más cruento y largo que el anterior. Muy pronto el negocio de don Manuel quedó sin
suministros y la gente comenzó a entrar en pánico cuando empezó a escasear la
comida en sus hogares.
En un momento, la
lluvia bajó de intensidad y la gente comenzó a aglomerarse en torno a la
iglesia para ir a rezar. Ahí fue que
alguien recordó que la Bruja había ofrecido compartir sus víveres con
todos. Entonces se dirigieron a casa de
Amelia para exigirle el cumplimiento de su palabra. Todo el pueblo rodeó la cerca de palos del antejardín
de la anciana, formando un barullo ensordecedor, gritando para que ésta se
levantara a recibirlos. Algunos
perdiendo el control, sacudían la endeble reja, la que en cualquier minuto se
venía abajo.
Don Manuel llegó allí
justo a tiempo para calmar y organizar todo.
Junto a su esposa coordinaron la entrega de las provisiones de Amelia a
cada una de las familias del lugar, las que ordenadamente esperaban su turno en
una larga fila. La despensa de la
anciana parecía ser de “virtud”, ya que nunca se agotaba. Lo que sucedía era que, bajo su casa, tenía
un sótano donde almacenaba todo. Esto
prefería mantenerlo en secreto, ya que, si se hubieran enterado los demás, quizás
qué cosas le hubiesen inventado: que allí guardaba el caldero o que lo utilizaba
para los aquelarres.
La lluvia comenzó a
intensificarse una vez más y la multitud a inquietarse. Amelia había preferido que su adorado minino
siguiera dormitando junto a la cocina a leña, la que estaba apagada, pero que
aún mantenía el calor en el interior y no que estuviera acompañándola y pasando
frío a la intemperie. Esto la
tranquilizaba y proseguía concentrada en su labor de ayudar, muy seriamente, como
era ella.
En un dos por tres, la
lluvia triplicó su intensidad, convirtiéndose nuevamente en un diluvio. Amelia, don Manuel y su esposa trataban de
agilizar lo más que podían el reparto. Estaban
en eso cuando se oyó un extraño sonido que no había sido producto de un
trueno. Por el lado posterior de la casa
de Amelia, la ladera del cerro estaba cediendo con todo el exceso de agua. No pasó mucho tiempo cuando esto se
transformó en un gran aluvión. Gracias a
Dios, nadie vivía hacia el desplayo de aquel lugar, por tratarse de un terreno
baldío, desforestado por la propia acción del hombre, quién había ocupado con
desmesura la materia prima del bosque como combustible y para la fabricación
de casas y embarcaciones. Esto hizo que
el desprendimiento de tierra fuese tal, que el deslizamiento abarcó una mayor
extensión de terreno, carcomiéndose todo hacia arriba, comenzando a engullir a
los vetustos árboles, que uno a uno fueron desplomándose, dejando al
descubierto sus enormes raíces enlodadas y deslizándose cuesta abajo como en un
tobogán.
Amelia pegó un grito
agudo. Si se desplomaban todos los añosos
cipreses, también lo haría su humilde morada y ¡su Cheshire estaba dentro!.
Corrió demasiado rápido para una persona de su edad, parecía no aquejarle
ninguna dolencia en aquel minuto y así, en un instante, estuvo dentro de su
casa. Se le
vio aparecer de manera fugaz por la ventana de la cocina, empujando a Cheshire
por la misma. Se oyó el crujir de los
últimos árboles que cedían y que a la vez sostenían la casa, y nada más se pudo
hacer, en un abrir y cerrar de ojos, la humilde vivienda se fue cuesta abajo
con su dueña en el interior. La gente
enmudeció. El cura del pueblo, que
también se encontraba allí, se sacó el sombrero y elevó unas plegarias al cielo
por la mujer. A pesar, pensaba él, que
jamás la había visto asistir a alguna de sus misas.
Don Manuel fue el
único que se acercó al punto del desastre, para ver si por algún milagro
divino, su amiga hubiese salvado con bien.
Allí descubrió el subterráneo que había quedado al descubierto, en
donde, lamentablemente, no estaba Amelia.
Miró hacia el pie del cerro, hacia el lodazal y los escombros, pero era
poco lo que podía distinguir con la copiosa lluvia y la penumbra de la noche
que ya se hacía presente. Su señora lo
convenció de iniciar la búsqueda a la mañana siguiente.
El mal tiempo ya había
declinado al siguiente día. El aguacero
había terminado durante la noche y don Manuel y su familia partieron con los
primeros rayos del sol, en misión de rescate.
Sobre los maderos y restos
fangosos de lo que hubiese sido una casa, encontraron a Cheshire empapado y
entumido. Don Manuel lo tomó para
abrigarlo en una frazada, pero el gato luchó por zafarse y de un brinco estuvo,
de nuevo, en el mismo sitio, aunque esta vez arañaba el suelo con
desesperación. Y, ahí, bajo los
escombros encontraron el cuerpo de la desafortunada Amelia, la que no logró
sobrevivir a tamaña tragedia, pero que a pesar de todo, mantenía una expresión
feliz en el rostro, como de satisfacción y quietud. Todos los presentes hicieron un minuto de
silencio en su honor.
Manuel pensó en
adoptar a Cheshire, en pago por la bondad de su amiga y en oposición a su
esposa, sin embargo, una vez lo tomó para acariciarlo, éste se soltó nuevamente
y huyó del lugar.
Al funeral de Amelia,
a diferencia de lo que se pudiera pensar, asistió todo el pueblo. Todos con la cabeza gacha, avergonzados por
su actitud anterior. El alcalde la
nombró hija ilustre póstuma y el cura dio un conmovedor sermón a cerca del buen
corazón de la anciana. Don Manuel
reflexionaba para si, que, si tal vez, ella hubiese sido un poco más egoísta y
no hubiese compartido sus alimentos con los demás, quedándose al abrigo de su
hogar, a la hora de la tragedia hubiera podido guarecerse con su gato en aquel
subterráneo, él que le habría servido de refugio.
Las autoridades no
tardaron en hacerse presentes en la localidad en pocos días. Enviando helicópteros con ayuda y provisiones
para los damnificados de la zona.
Unos socorristas que
quitaban los escombros al pie del cerro, descubrieron a Cheshire, nuevamente
sobre lo que fuese su casa, pero en esta ocasión, el pobre minino no había
podido sobrevivir a las bajas temperaturas, ya que, más fiel que un perro,
había aguardado, día y noche, el regreso de su ama. Lo metieron dentro de una bolsa plástica y
sus restos fueron a parar directo al vertedero.
Pero, las buenas
acciones nunca pasan desapercibidas ante Dios.
Y los corazones de la anciana y de su fiel mascota ascendieron
directamente al cielo, donde fueron recibidos por los ángeles con los brazos
abiertos en el paraíso. Y así, La Bruja que No Podía Reír, lució, para siempre, una hermosa y radiante sonrisa.
FIN

La Bruja que no Podía Reír por Ursula Véliz se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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Pequeño Glosario
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Pequeño Glosario
- Ciprés de las Guaitecas: (Pilgerodendron Uviferum). Es endémico de Chile y Argentina y su hábitat se localiza desde el sector cordillerano de Valdivia hasta Tierra del Fuego, siendo la conífera más austral del mundo. (Wikipedia)
- Chiloé: Por favor remitirse a mi entrada "La Pincoya y su Círculo Familiar"
- Gato de Cheshire: Es un personaje ficticio creado por Lewis Carroll en su conocida obra Alicia en el País de las Maravillas. Tiene la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad, entreteniendo a Alicia mediante conversaciones paradójicas de tintes filosóficos. (Wikipedia)
- Machi: -Es el nombre usado para designar a la persona que tiene la función de autoridad religiosa, consejera y protectora del pueblo mapuche.
Debido a que actualmente es mucho menor la proporción de hombres que cumplen la función de machi, normalmente se describe al machi como a una mujer mapuche. (Wikipedia)
-Así como el calcu (kalku) o brujo practica la magia negra y ocasiona maleficios, desgracias y daños de toda índole, sobre todo la muerte por envenenamiento y las enfermedades, el machi está destinado a anular la acción de aquél y a contrarrestar su acción ya realizada. Es por eso que el calcu es considerado como maligno y el machi, en cambio, como un benefactor. (Fuente: http://ojoconelarte.cl/?a=1987)
- Terremoto de 1960: El terremoto de Valdivia de 1960, conocido también como el Gran Terremoto de Chile, tuvo una magnitud de 9,5, siendo así el más potente registrado en la historia de la humanidad. (Wikipedia)
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Es todo por hoy amigos.
Próxima Entrada: "La Sirena Andina"
NOTA IMPORTANTE: Navegando por internet (y para mi sorpresa), descubrí que ya existe un libro titulado La Bruja que no Sabía Reír (que era el nombre original, en un principio de mi obra), así que he optado por cambiar el "Sabía" por "Podía", ya que mi historia no tiene relación alguna con aquel libro publicado.